Coronavirus: la soledad

Dicen que la soledad no es mala compañera si la elegiste. Alguien que decide vivir solo no necesariamente tiene que sentirse solo: ermitaños hay muy pocos, así que probablemente quien eligió no compartir su hogar sí comparte tiempo de ocio con otras personas. Pero ¿qué ocurre ahora? Que te tienes que quedar en casa, y no sólo eso, sino que tampoco te pueden venir a visitar. Ya no es una soledad elegida.

Si hablamos ahora de quien no elige estar solo, como aquellas personas mayores que perdieron a su compañero/a de vida, la soledad no se lleva bien, pero se alivia cuando le visitan hijos, nietos, amigos, o cuando salen al parque a charlar, echan unas partidas al mus, se apuntan a cursos o actividades variadas, hacen algún viajecito… ahora tampoco tienen eso. Y si, además, como ocurre en estas edades, “eso del internet” se les hace un mundo, más complicado aún.

Me preocupa mucho lo de las residencias. No creo que sea un problema sólo de falta de asistencia, o de medios, sino también entra aquí la dichosa soledad. Ese anciano al que se le encendían los ojos al ser visitado por sus hijos, nietos, primos, sobrinos, ha perdido ese estímulo que prendía luz en su mirada. Y por maravillosos que sean los asistentes de la residencia, que los hay, no es lo mismo. Las personas mayores viven en sus recuerdos, y su familia y amigos íntimos les ayudan a sentirlos más presentes. Hay una razón para su existencia: ahí están ellos. Son una parte de mi vida. Pero ahora ¿dónde están?

Es lo más duro, a mi entender, del coronavirus. Me parece tan triste que países nórdicos se nieguen a ayudar a los del sur, a nosotros y a nuestros primos hermanos del bellísimo país de la bota, con la excusa de que vamos a “desperdiciar” el dinero salvando a personas mayores… ¿dónde quedó su condición humana? Quienes lo dicen, que son lógicamente más jóvenes ¿pensarán lo mismo cuando lleguen a esa edad? ¿Y se siguen llamando seres humanos? Qué pena me da, sinceramente.

Regreso al sistema inmunológico: éste se deprime a la vez que se deprime la persona. Las personas mayores que ahora están solas, aunque estén en una residencia, se han vuelto más vulnerables no sólo a nivel mental, sino también físico. Les falta esa ilusión de esperar la visita de sus seres queridos. No tienen esa píldora de cariño que es la mejor medicación de todas.

Por eso, para esta soledad no elegida, debo dirigirme a las familias y amigos de esas personas: entre vuestras rutinas incluid llamarlos, aunque sea por teléfono, y recordarles que, si son fuertes y aguantan el tirón, esto pasará y podrán volver a disfrutar de vosotros. Recomendadles que se muevan, que lean, que sigan con sus actividades, y que procuren estar distraídos, y no sólo viendo la tele. Podéis incluso recordarles cosas que hacían en su infancia, a ver si quieren recordar algo, escribir sus memorias, por ejemplo, aunque sea a mano. Algo que les mantenga entretenidos y con la mente activa.

En cuanto a los que elegisteis la soledad, pero echáis de menos el contacto humano, ya sabéis que tenéis las opciones on-line, más las ideas que he comentado de cosas que hacer en los artículos anteriores. Pero si, a pesar de todo, caéis en esas reflexiones que te llevan a plantearte si quizá deberías haber elegido otro medio de vida, cuidado. Esperemos que no haya más coronavirus en muchos años, así que, si estabas bien antes, volverás a estar bien después. No le des muchas vueltas a la cabeza, que al final te puedes acabar liando.

Para evitar estas “comeduras de olla” os recomiendo escribir, como acabo de decir para las personas mayores. Llevar una especie de “diario del coronavirus” os puede ayudar a “echar fuera” vuestras emociones, y coger distancia de las mismas. La clave ahora mismo es ser fuertes, y aguantar, esto no va a ser así para siempre, y aprovechad para cuidaros. Por ejemplo ¿cuánto hace que no os dais un buen baño de espuma? (Si tenéis bañera, claro). La clave es no pensar que te estás distrayendo para no caer en la depresión, sino que te estás cuidando y fortaleciendo para salir de esta difícil situación más fortalecido.

No obstante, es cierto que la soledad puede traernos revelaciones que nos cambian la vida. De todas las malas rachas se saca un aprendizaje. Pero ahora no es momento reflexionar, ya se hará cuando pase la pandemia. Toca seguir adelante, por uno mismo, y por los demás, por esos a los que podrás volver a abrazar y con los que te echarás unas risas tomando cañas en el bar. Decía el poeta y cantaba el cantante: todo pasa y todo queda… pero lo nuestro es pasar… pasar haciendo camino… ¡sigue caminando!

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Coronavirus: el miedo

En muchos sitios he leído que califican el miedo de “emoción negativa”




(silencio para reflexionar)

¿Es negativa? ¿Seguro?

Ahora que estamos con la pandemia ¿qué nos retiene en casa? Mucha gente se queda porque así lo ha decretado el gobierno y, simplemente, obedecen. Pero otros muchos lo hacen por miedo: por contagiarse, por contagiar a sus seres queridos, o por extender la pandemia. Incluso los que se quedan por obligación impuesta, lo hacen por miedo a la multa. Entonces ¿el miedo es una emoción negativa? Si no tuviéramos miedo al coronavirus, saldríamos a la calle tan tranquilos, juntándonos con todo el mundo ¿no? Y se extendería. No parece tan negativo, pues.

No me gusta clasificar las emociones en negativas y positivas, porque dependiendo del contexto y la persona pueden resultar beneficiosas o perjudiciales. El miedo es el ejemplo más claro, puesto que es la emoción que más nos protege. Imaginad que no tenéis miedo a que os atropellen y cruzáis una carretera sin mirar si vienen coches ¡os pueden atropellar! El miedo es la clave de nuestra supervivencia. Y ahora lo estamos viendo más que nunca.

El problema del miedo, y de las emociones en general, es su medida. Hasta las emociones consideradas positivas pueden ser perjudiciales si son excesivas. Por poner un ejemplo, la alegría: si es excesiva puede indicar que la persona se está engañando a si misma porque no quiere sentirse triste por algún motivo al que no se quiere enfrentar, como una ruptura sentimental.

Se habla mucho del miedo en sentido negativo con la crisis del coronavirus, por eso quería defender un poco a esta emoción que tan mala prensa tiene. Pero sí es cierto que el exceso de miedo es muy perjudicial. Tanto, que hasta personas que no tienen el COVID-19 pueden llegar a mostrar síntomas sin tenerlos. Alguien que sólo es aprensivo se puede convertir en un hipocondríaco si se pasa el día buscando, escuchando y viendo información sobre la pandemia.

Pongo un ejemplo: entre los síntomas ahora dicen que puede estar el no tener gusto ni olfato. Yo he tenido catarros con la nariz muy congestionada, con lo cual el olfato, fatal, y el gusto, que depende mucho del olor de la comida entrando por tus fosas nasales, también. Lo poco que puedas oler o degustar estando acatarrado se convierte en cero si estás muy atento a tus síntomas y de tanto fijarte en ellos los incrementas. O sea, que te puedes bloquear hasta tal punto de no ser capaz de distinguir ni el olor ni el gusto de una comida. El miedo hace que veas coronavirus donde no lo hay. Es el comienzo de la somatización.

Otra consecuencia negativa del miedo excesivo es ese afán de tanta gente por hacerse con la mascarilla. A mí, sinceramente, me duele ver gente en el supermercado con la mascarilla, cuando han repetido por activa y por pasiva que no es necesaria para salir de casa, y que quienes realmente las necesitan son, primero de todo, quienes nos cuidan y curan: los sanitarios, y después, todos aquellos que nos están protegiendo y ayudando: fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, repartidores, empleados de supermercado, vigilantes de seguridad, etc.

El miedo es también el que está provocando las colas en el supermercado. Por más que aseguran que no va a haber problema de suministros, la gente sigue acudiendo en masa a pesar de que ya tenemos ¡hasta papel higiénico! Otros, en cambio, acuden con un tremendo temor como si el coronavirus fuera tan mortal como el Ébola, o se transmitiera por el aire. La forma en que se contagia ha sido explicada un montón de veces, y las medidas de seguridad también. Si se mantienen, aunque vayas a comprar, hay muy pocas probabilidades de coger el virus.

Yendo un paso más allá, hay quien, a pesar de no estar dentro de los supuestos grupos de riesgo, cree que puede morir. No voy a negar que la posibilidad existe, porque hay casos, pero es como la lotería: te puede o no te puede tocar, y hay pocos afortunados que tengan un boleto premiado. Aquí es al revés: el premio de no estar infectado es bastante más común, y de morir, muchísimo menos probable si, como dicen, no tienes patologías previas. Y tenerlas tampoco significa que estés condenado a muerte, muchas personas se han curado, incluso muy mayores. Lo que sí es seguro es que, si te obsesionas, te va a tocar padecer de ansiedad. Y tampoco es bueno por lo que puede afectar a tu sistema inmunológico, según detallo en el siguiente párrafo. La actitud positiva es fundamental para luchar contra cualquier enfermedad.

Otra probable consecuencia más del miedo es que muchas personas acudan a urgencias o llamen al teléfono de atención de afectados al primer golpe de tos, y que es probable que le digan que no tiene síntomas y que se quede en casa tranquilo. Si no tienes síntomas claros, evita saturar aún más a los servicios sanitarios: mantener la calma en estas situaciones es ahora mismo fundamental.

Concluyendo: esa pequeña dosis de miedo (podemos llamarla precaución) para protegernos a nosotros mismos tomando las precauciones indicadas por las autoridades para protegernos es buena, porque además fomenta otra emoción beneficiosa: la solidaridad. Pero más allá puede ser perjudicial, por otro motivo más: igual que en el anterior artículo comenté que el sistema inmunológico se potencia con el ejercicio físico, el miedo puede desembocar en ansiedad y que ese nerviosismo ponga a trabajar a tus defensas luchando contra un enemigo invisible. Guárdalas mejor para cuando sean realmente necesarias.

¿Y cómo lo haces? Primero de todo, deja de estar pendiente 24 horas al día de las últimas noticias sobre el coronavirus. Segundo, no estés hipervigilante con tus síntomas, y busca explicaciones alternativas: si las sensaciones son similares a las de un constipado, no le des más vueltas y a menos que tengas síntomas claros no te preocupes. Tercero, intenta hacer vida normal dentro del encierro, y busca distracciones que te ayuden a relajarte. En los anteriores artículos os he dado unas cuantas ideas. Cuarto, si por vosotros mismos no lo conseguís, buscad ayuda en los que tenéis más cerca. Y quinto… los psicólogos también atendemos on-line, y no somos una “tirita” como los ansiolíticos, sino que os ayudamos a entender lo que os ocurre, y os orientamos para encontrar soluciones que os hagan sentir mejor, a pesar de las circunstancias tan complicadas en las que nos encontramos ahora.   

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Coronavirus: la ausencia de retos deportivos

Para el deportista que compite, el encierro se hace más duro aún, puesto que sus objetivos están en el aire. Es lo que en psicología se denomina motivación extrínseca: te esfuerzas con la vista puesta en una meta y en lo que te reporta, a muchos niveles, (social, económico, persona…) conseguirla. Las competiciones están suspendidas y no se sabe cuándo se podrán celebrar. Hasta los JJOO olímpicos, como no podía ser de otra manera con la que está cayendo, tendrán probablemente que ser pospuestos Y, como ya se ha comentado, tras cuatro años de esfuerzo, ahora… no se sabe qué va a ocurrir. Vaya faena ¿no?

Los deportistas profesionales, especialmente si son élite, tienen una vida tremendamente planificada. Viven por y para el deporte de forma tan intensa que están metidos en una burbuja, casi no son conscientes del mundo “exterior”. Se han acostumbrado, la mayoría desde niños, a vivir así, para sus entrenamientos, su entrenador, su preparador, sus compañeros de equipo. En el gimnasio, polideportivo, centro de alto rendimiento, o al aire libre, pero nunca en casa. ¿Y entonces? ¿Ahora qué?

Aunque un atleta tenga cinta de correr en su casa, pierde dos fuentes muy importantes de motivación: la extrínseca que he mencionado, ante la incertidumbre de cuándo podrá volver a competir, y la motivación orientada al ego, que se basa en superarte midiéndote con los demás. El componente social que hemos perdido todos, en ellos es más difícil aún, puesto que los amigos suelen ser los compañeros de equipo con los que pasas muchas horas al día, y no un rato de cañas a la semana, como nos ocurre al común de los mortales.

Respecto a la tolerancia a la frustración, que comenté en el anterior artículo, la tienen asimismo más desarrollada que las personas sedentarias, pero la sufren más que los deportistas no competidores. Estos últimos gozan principalmente de la motivación intrínseca (hacen deporte por el goce en sí que les produce, independientemente de las metas que consigan) y de orientación a la tarea (se miden consigo mismos), que no necesitan de la competición, por tanto, no se sienten frustrados por no poder competir.

Así que, si eres un competidor, las primeras medidas a tomar para sobrellevar esta difícil situación, son justamente:

  • Potenciar la motivación intrínseca: recuerda por qué empezaste a hacer deporte, qué es lo que más te gustaba, e intenta volver a disfrutar del mismo. El objetivo está borroso, no se sabe cuándo vas a competir, así que mientras sigues entrenando como puedas en tu casa, intenta rememorar las sensaciones agradables que te produce tu deporte.
  • Cambiar motivación orientada al ego por motivación centrada en la tarea: tu referencia eres tú mismo. Quédate con los registros de cómo es tu ejecución y marca objetivos de realización, es decir, de progreso con referencia a ti mismo. Es buen momento para revisar fallos cometidos en competiciones y trazar un plan para solventarlos. Ir observando tus progresos potenciará tu motivación.

La rutina de un deportista profesional ha de ser la misma que alguien que está teletrabajando: lo mismo que comenté en otro artículo, las pausas también son necesarias, y es bueno establecer unos horarios, pero sin que sean excesivamente rígidos. No olvidemos que la situación puede provocar ansiedad y depresión, así que hay que darse “permisos” para tener algún que otro capricho y no estar machacándote como si tuvieras al entrenador gritándote en la oreja ocho horas al día.  

Por otro lado, si eres competidor pero no profesional, te recomiendo lo mismo que a las personas no competidoras: prueba con algún otro deporte complementario al tuyo que te permita aprender nuevas cosas. Así llenas el hueco que te deja el “gusanillo” de la competición.

Y, por último, quería añadir, siguiendo con lo apuntado en el anterior artículo, que, al potenciarse el sistema inmunológico con el deporte, al bajar el ritmo puede debilitarse, con lo cual estar más expuesto a los catarros de siempre, y que no tienen por qué ser provocados por el COVID-19. Pongo como ejemplo mi propio caso: todos los inviernos paso como 3-4 constipados. El invierno anterior, el de 2018-2019, entrené mucho más y los sudores del gimnasio debieron inmunizarme porque no cogí ni uno. Este año a causa de un brote de artritis y por motivos de trabajo, he entrenado menos y he vuelto a coger más constipados. Estaba volviendo a coger ritmo cuando ha estallado esto y… algún que otro día me levanto con dolor de garganta y los mocos de siempre, pero sin fiebre ni tos. Así que tranquilos, ya sabéis cuáles son los síntomas, no estéis en exceso vigilantes porque el propio miedo de tener la enfermedad puede provocarlos y confundirnos. Al igual que es normal que nos encontremos un poco mal anímicamente, lo mismo físicamente. El cuerpo también lo acusa.

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Coronavirus: «mono» del deporte

Practicar deporte con regularidad aumenta la secreción de dos sustancias que actúan como neurotransmisores cerebrales: dopamina (conocida como la “molécula del placer”) y serotonina, que producen estados de bienestar y euforia. Por otro lado, están también las famosas endorfinas, que son nada más y nada menos que opiáceos (o sea, como la morfina). Éstas se ponen en marcha cuando realizamos un esfuerzo grande, para elevar el umbral del dolor y así retrasar la aparición del cansancio y la fatiga. O sea, es como un analgésico, también natural.

El cerebro es flexible: si le acostumbramos al ejercicio físico su fisiología cambia. Así, nos convertimos en una especie de “deporteadictos”: nuestro sistema nervioso central se acostumbra a segregar sustancias y cuando pasamos una temporadita “parados” nuestras células las reclaman, pudiendo su falta producir cambios de humor. Mi tesis doctoral precisamente trató sobre la dependencia del ejercicio físico, donde estuve investigando para crear una escala que permitiera detectar a deportistas “enganchados” a la actividad física.

La más utilizada hasta el momento justamente se basaba en que dicha dependencia mostraba síntomas similares a la adicción a sustancias (drogas), como la necesidad de consumir más para conseguir los mismos efectos, no ser capaz de controlar el consumo, tener síndrome de abstinencia…  al final y al cabo hemos dicho que esas sustancias que tenemos en el cerebro son drogas ¿no? Por tanto, las echaremos de menos si tenemos costumbre de practicar deporte y dejamos de hacerlo o reducimos su intensidad y/o tiempo de dedicación.

Así pues, si para una persona sedentaria va a ser duro el encierro, para un deportista, sobre todo si estaba acostumbrado a hacer deporte al aire libre, lo va a ser más aún. Se queda sin actividad física y sin sol. Además, los deportistas somos personas activas por naturaleza, con lo cual el parón nos afecta mucho más. Pero, por otro lado, con respecto a las personas sedentarias, hemos desarrollado más un aspecto muy importante dentro de la psicología: la tolerancia a la frustración, tanto en deportistas aficionados, (en aquellos que buscan la superación personal), como, sobre todo, en competidores. Es decir, que lo vamos a sufrir más, pero tenemos más habilidades para combatir este encierro.

Como hice en el primer artículo de consejos para sobrellevar este aislamiento por el coronavirus, quería que tuvierais en cuenta, primero de todo, que ese “mono” se puede presentar y provocarnos sentimientos de desesperación, indefensión, hastío, aburrimiento, que desembocan en esa ansiedad, depresión e irritabilidad que comenté, que van a ser más intensas en personas que hacen ejercicio físico que en las que no. Por eso, atentos de nuevo a los cambios de humor, recordad que no es que tus padres, amigos o pareja no te entiendan, sino que estás mal por culpa del encierro, y echa mano de los consejos que pongo a continuación, que te servirán como “metadona” para evitar el síndrome de abstinencia.

Voy en este artículo con deportistas aficionados, no competidores, y con personas que practican ejercicio físico. La distinción entre ejercicio físico y deporte, para mi (hay muchas opiniones al respecto) radica en el objetivo que se persigue: si practicas actividad física para estar en forma, tener buena salud, y divertirte, sin más, es ejercicio físico. Si quieres superarte y conseguir retos, aunque sean personales y no competitivos, es deporte. En ambos casos hay “mono”, en deporte lógicamente más al ser más esfuerzo, pero a nivel mental quien va al gimnasio no sólo por salud física, sino también por contacto social, va a sufrir más el aislamiento al que nos vemos avocados.

Vamos con los consejos para sobrellevarlo. Justo ahora me acaban de pasar unos compañeros psicólogos un calendario con enlaces para ver en you tube tutoriales de todo lo que se hace en un gimnasio: pilates, gap, abdominales, etc. Bueno, si eso es lo que solías hacer, te puede servir. Yo añadiría que, si echas de menos a tus compañeros, quedéis por las redes sociales para compartir experiencias. Así se mantiene el componente lúdico-social.

Pero ¿y si lo que te gustaba era correr por el parque y no tienes ni cinta en casa? ¿Corres en el sitio como si estuvieras calentando? ¿O haces un surco en el pasillo? Sé que igual comentando esto genero polémica, pero creo que no deberían prohibir a las personas salir de casa a hacer deporte a nivel individual, con las debidas precauciones, por supuesto. De hecho, en Francia, a pesar de que también están aislados, lo recomiendan. El sistema inmunológico se refuerza con el ejercicio físico, y es precisamente lo que necesitamos para combatir el virus: tener fuertes nuestras defensas. No entiendo tampoco cómo no se ha promocionado ir a trabajar andando o en bici, si me apuras incluso en patinete, en lugar de utilizar ese transporte público que, sobre todo en grandes ciudades, de seguro ha producido más contagios que cualquier manifestación. Cualquiera que en Madrid haya cogido la línea 6 de metro, la circular, en hora punta, sabe de lo que hablo… y hasta hace nada seguía estando el metro saturado de gente en esa hora punta, porque no todo el mundo puede teletrabajar. Pero bueno, como está prohibido salir para hacer deporte, pues habrá que buscar otras soluciones. 

Suelen recomendar en los medios hacer una tabla de ejercicios para no perder el tono, y desde luego es necesario si quieres volver más o menos al mismo nivel cuando acabe el aislamiento, pero es posible que si sólo haces eso te acabes aburriendo y abandones. Por eso yo recomiendo buscar otro deporte o actividad física que sea complementaria a la que realizabas pero que te divierta más y, sobre todo, que te permita aprender. Puedes hacerlo como “recompensa” tras realizar la tabla de ejercicios, y así le añades ese punto de motivación que le faltaba. Por poner, un ejemplo, yo he decidido aprender algún que otro bailecito… porque, además, la música sube el ánimo, haciendo circular en nuestro cerebro, como el propio deporte, esas sustancias tan “majas” que nos hacen sentir bien… y si te vuelves un maestro del baile, cuando regreses al gimnasio igual te contratan jejeje.

Así que ya sabes, si no puedes correr ¡baila!

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Coronavirus: la inmovilidad

Una de las cosas que suelo recomendar a prácticamente todos mis pacientes, sobre todo a aquéllos que padecen de ansiedad y/o depresión, es hacer deporte o, al menos, ejercicio físico. Es algo a lo que por desgracia no se le da mucha importancia, relegándolo al último lugar de las prioridades de muchas personas, incluso tras actividades menos saludables como ver telebasura.

No obstante, está demostrado que la actividad física es beneficiosa no sólo para la ansiedad y la depresión, sino que mejora la concentración, aumenta el rendimiento intelectual, reduce el estrés, favorece las relaciones sociales, permite dormir mejor, disminuye la irritabilidad, etc. Pero, claro, es más importante para muchos sentarse en el sofá a escuchar las tonterías que se dicen en ciertos programas de televisión, para luego poder despotricar contra tal o cuál famoso que hace o dice o se junta con fulano o mengana.

Para gustos están los colores, como se suele decir, pero curiosamente hay bastantes más personas sedentarias con problemas de salud, tanto física como mental, que personas activas. Por algo, digo yo, recomendarán las autoridades sanitarias hacer ejercicio. El problema con el que yo ahora me encuentro, a la hora de recomendar a una persona mayor salir al parque a dar un paseo para que no se anquilose y la luz del sol le anime, es que no puede hacerlo. Ni tampoco le puedo decir a un joven que se pone muy nervioso en los exámenes de la universidad, que vaya al gimnasio o salga a correr para bajar su nivel de activación general. ¿Qué opciones tengo?

Como comenté en el artículo anterior, el sol tiene efectos antidepresivos y también ansiolíticos, así que, si tenéis terraza, azotea o jardín, procurad, si hace bueno, pasar allí un buen rato al día. Si sólo es una ventana, sentaros a leer o a hacer otras labores cerca de la misma. Y si estáis en un piso interior, al menos salid a hacer la compra o a pasear el perro cuando haga más sol. Esto, por supuesto, para quien no tiene problemas de piel y si los tiene, ponerse protección. Esperemos que esta pandemia no se alargue hasta el verano…

En cuanto al ejercicio físico, el impacto de no hacerlo variará en función de la persona y de la intensidad o dedicación con que lo realizaba. Voy a hablar en este artículo de las personas sedentarias y en el siguiente hablaré de los deportistas. Lógicamente, el “encierro” nos afecta más a los segundos que a los primeros, pero, aunque una persona sedentaria no tenga el mismo “mono” de endorfinas, con el encierro se pierde mucha movilidad: la de ocio en todos los casos (ir al cine, de compras, etc.) y la del desplazamiento al lugar de trabajo de aquellos que ahora no pueden trabajar o teletrabajan. Y eso se nota, tanto a nivel físico (te anquilosas) como mental (ansiedad, irritabilidad… lo que hablé en el artículo anterior). Si, además, tu trabajo era físico, lo vas a notar casi tanto, o más, que un deportista.

Por otro lado, trabajando en casa, si los hijos no te están reclamando para jugar con ellos probablemente estés más concentrado y no levantes la vista del ordenador. No tienes compañeros con los que charlar en la hora del café, ni jefe que te llame al despacho, ni reuniones. O sea, menos movilidad aún. Es recomendable, por tanto, que te pongas una alarma cada 1-2 horas para levantarte y moverte, aunque sean 5-10 minutos. Algún estiramiento no estaría de más. Incluso puedes bajar y subir las escaleras de tu bloque (con las debidas precauciones respecto al resto de los vecinos) para recordarle a tus piernas que están “vivas”.

Respecto a la gente que ahora no puede trabajar, como tienen más tiempo libre, es importante establecer unos hábitos en casa para evitar estar muy ocioso y darle vueltas a la cabeza, o pasarte el día viendo las noticias a ver cómo evoluciona la pandemia. En los medios se habla mucho de ponerse un horario, pero tampoco creo que sea tan necesario. Lo verdaderamente importante es acostarte y levantarte siempre alrededor de la misma hora, para no volver loco a tu cerebro, y luego mantenerte activo como si estuvieras trabajando. Da igual como te organices, la clave es pararte poco. Como cuando trabajabas: si sólo descansabas tras la cena, lo mismo ahora. Si tenías costumbre de estar un rato viendo la tele antes de cenar, lo mismo. Pero no te pongas delante de la “caja tonta” 16 horas al día. Luego explico por qué.

Más sugerencias de cosas que se pueden hacer sin salir de casa:

  • Recuperar alguna vieja afición, aunque sea de niño (¿alguien conserva el Scalextric?)
  • Aprender un nuevo idioma, hay muchas app gratuitas y muy divertidas.
  • Cocinar nuevas recetas.
  • Organizar y clasificar los millones de fotos que tienes en el móvil, e incluso hacer algún álbum impreso.
  • Probar nuevas aficiones: cosas que crees que te pueden gustar, como dibujar, pintar, hacer maquetas, manualidades, puzles…
  • Las más conocidas: leer, escuchar música… pero no mucho rato, porque (insisto) ¡hay que moverse!
  • Formarte: hay muchas plataformas on-line con cursos que te pueden resultar muy interesantes y/o útiles.

Si, además, vives solo, esta va a ser de las pocas veces que recomiende las redes sociales. No suelo hacerlo porque pueden resultar adictivas, y es mucho mejor el contacto humano, pero como ahora no se puede, pueden ayudar a las personas que viven solas. Ojo: con mesura, sin pasarse. Y también hablar con tus seres queridos a través de videoconferencias, o al menos por teléfono.

Lo que no os recomiendo es que os paséis el día viendo series, películas y/o programas de televisión. Por el motivo por el que he comenzado este artículo: aunque no seáis deportistas, moverse es necesario no sólo para no anquilosarse, sino también como satisfacción personal. Tras una tarde viendo la tele ¿qué te queda? El trasero cuadrado de estar en el sofá. Si, en cambio, has conseguido hacer una buena receta, al menos has estado de pie en la cocina, moviéndote, y no sólo ves el fruto de tu esfuerzo, sino que encima te lo comes y lo disfrutas. Y eso es lo que más necesitamos ahora: nuevas fuentes de recompensa. Ya que no las tenemos fuera, habrá que buscarlas en casa ¿no?

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Coronavirus: quédate en casa

Desde que comenzó la crisis del coronavirus, y especialmente a partir de ese estado de alarma que nos obliga a quedarnos en casa, he estado atenta especialmente a ver cómo abordaban la faceta psicológica. Lo que más he encontrado han sido recomendaciones y recetas para sobrellevar el encierro doméstico. Pero he visto pocas noticias en las que se analice y explique qué va a suponer para cada uno de nosotros, país social por naturaleza, a los que nos encanta alternar y estar en la calle gracias a nuestro buen clima, el estar encerrados en casa.

Tal cual lo han difundido las redes sociales parece como incluso beneficioso para nuestra salud mental quedarse en casa, recogidito y tranquilito, sintiéndote solidario y responsable. Tan feliz, vamos. Si total, no cuesta nada, es mi casa, no una cárcel. Y es verdad, cuesta poco el primer día, porque es la novedad, el segundo, que seguimos en la lucha, estos días que hace mal tiempo… pero a medida que vaya avanzando la primavera y veamos el sol entrar por nuestra ventana tras semanas y semanas (porque está claro que no van a ser sólo dos) de estar entre cuatro paredes ¿nos va a parecer tan fácil? ¿Qué repercusiones tiene este aislamiento social en nuestro estado anímico?

Como con todo, dependiendo de la persona y sus circunstancias, cada cual lo encajará de una manera. Factores como el trabajar, teletrabajar o pasar el día en casa, estar solo o acompañado, la edad, el estilo de vida, y la forma de ser de cada uno influyen en cómo te vas a encontrar. Pero sea en mayor o menor medida, a todos, absolutamente a todos, nos va a afectar. Y lo primero de todo es reconocerlo.

Corren memes muy graciosos por ahí como que un miembro de la pareja descubre ahora que el otro es muy simpático, o que al tercer día de estar con los niños te los acabas comiendo como Saturno. Bromas aparte, podemos encontrarnos tanto que una pareja se una más, como que se acaben separando. Y es que no es lo mismo convivir durante unas horas que durante todo el día, no sólo por pasar más tiempo juntos, sino porque al no salir y relacionarte con otras personas se te acaban los temas de conversación, y le acabas sacando punta a todo. Así que, si de repente te parece de vital importancia en tu relación sentimental que tu pareja deje el abrigo en el perchero y no encima de la silla, cuidado: quizá estás “quemado” de tanto tiempo en casa y no sabes por dónde explotar.

Por otro lado, está la falta de sol que es un como un antidepresivo. Y, para los que les gusta caminar o hacer deporte, el “mono” de endorfinas. Si empiezas a notarte triste, melancólico, sin ganas de nada… es que te falta esa dosis de aire libre. Ese bajón puede convertirse también en irritabilidad si no lo reconoces e intentas remediarlo. Muchas personas sufren de una depresión encubierta: no parecen tristes (no van llorando por las esquinas) pero se quejan por todo y todo les molesta. Sigue siendo producto del encierro.

He visto también en las noticias que se están haciendo muchas ofertas de ocio on-line: cómics, abonos más baratos o gratuitos de las cadenas de TV de pago, conciertos on-line, visitas virtuales a museos… pero según para qué personas pueden resultar contraproducente. La emoción de ver Las Meninas en su tamaño natural no es equiparable a verlas en una pantalla, por grande que sea. Los gritos de “otra, otra” en un concierto no se oyen igual por los altavoces de la tele, aunque tengas un magnífico equipo de sonido. Por lo que intentar repetir lo que vives fuera dentro de casa te puede dar más sensación aún de encierro.

Por otro lado, está lo de coger rutinas de ejercicios para no perder la forma, que nunca hiciste y que te aburren soberanamente. O ponerte a ver 28 temporadas de una serie mientras estás en el sofá bebiendo y tomando aperitivos, para acabar en la siguiente temporada de “La Báscula”. Ambas opciones son simplemente distracciones que al final te pueden dejar sensación de vacío, porque no se te queda nada. Por eso, mi propuesta es hacer cosas que a la larga te van a resultar útiles, o que te aporten algo, a nivel mental o físico. Empiezo por la casa: podemos mejorarla acometiendo tareas como:

  • Tirar trastos u objetos viejos, ropa, papeles…
  • Revisar y organizar el trastero.
  • Hacer pequeños arreglos (ese cuadro que siempre se está torciendo…).
  • Cambiar detalles de la decoración.
  • Colocar elementos que nos sirvan para organizarnos mejor (ej. estanterías).
  • Reorganizar cajones…

Estas son unas primeras ideas. En siguientes artículos daré más. Pero, sobre todo, no olvidéis este mensaje: no intentéis ser “supermanes” que “pueden con todo”. Si los políticos están perdidos y no saben qué hacer ¿cómo no lo vamos a estar nosotros? Daros permiso para estar “de bajón”, y cuando lo notéis, hablad con vuestros seres queridos, aunque sea por teléfono.

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