Psicología de los grupos

¿MEJOR MAL ACOMPAÑADO QUE SOLO? VENTAJAS E INCONVENIENTES DE LA PERTENENCIA A UN GRUPO

Para que el ser humano se desarrolle como tal, es muy importante tener contacto con otros seres humanos, hasta el punto que, cuando somos bebés, aprendemos a hablar oyendo a los adultos. Si no escucháramos a nadie a nuestro alrededor no pronunciaríamos palabra, sólo sonidos, llantos, gruñidos, como los animales. La evolución natural de nuestra especie, además, se acelera cuando competimos gracias a que así tenemos una referencia, un objetivo. Llegar a ser tan bueno como alguien que conocemos o que admiramos suele ser una fuente de motivación muy fuerte. Buena parte de los jóvenes ciclistas quieren emular a los profesionales y se esfuerzan para llegar a ser como ellos. Visto así, parece que ser miembros de un grupo (club ciclista, asociación, peña, etc.) es estupendo, nos sirve para progresar, nos sentimos acompañados, compartimos una afición, unos valores, unas costumbres… pero como todo en esta vida, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas.

La desindividuación

Zimbardo utilizó este término para referirse a “un proceso complejo hipotético en el que una serie de condiciones sociales antecedentes llevan a cambios en la percepción de uno mismo y de los otros, y por tanto, a un umbral más bajo de conducta normalmente restringida. Bajo condiciones apropiadas da como resultado el desencadenamiento de conductas que violan las normas establecidas de lo apropiado”. Ejemplo ciclista: cuando vas solo, ves un semáforo en rojo y te paras. Vas en grupo, se saltan todos el semáforo y tú vas detrás. Justificas entonces la infracción como que si no apuras pierdes la rueda y te dejan tirado. Éste es el peligro de la masa social: es como una marea que te arrastra haciéndote perder pie. Cuidado con esto.

Por otro lado, Diener ve este proceso (la desindividuación) bajo otro prisma: al estar dentro de un grupo te centras más en los valores de dicho grupo y puedes perder los propios. Imaginemos una persona que practica ciclismo de alforjas pero que últimamente se encuentra un poco sola porque sus amigos han dejado de utilizar la bici para viajar y no tiene a nadie con quien salir. Está un sábado dando un paseo con su velocípedo y se encuentra con gente de un club que va a su ritmo. El más extravertido del grupo traba conversación con este ciclista “descarriado” y le pregunta cómo es que va solo. El otro le cuenta su triste circunstancia personal, ya ves, yo viajaba, pero mi gente se echó pareja, tuvo hijos, y ahora no salen en bici. Ah, pues si estás solo, vente a nuestro club. No somos de alforjas, pero salimos todos los domingos, y vamos a marchas, ciclomaratones, etc., anímate a venir a nuestra próxima salida, nuestro punto de encuentro es tal, a la hora pascual…

Esa persona que antes estaba en un grupo y había dejado de estarlo por circunstancias ajenas a él mismo, vuelve a sentirse acogido. La bici, que nunca había dejado de gustarle, le motiva aún más. Ya no es un ciclismo de alforjas, es cicloturismo, pero ¿qué más da? El caso es dar pedales. Con el tiempo, esta persona pasa a asumir los valores del cicloturismo, ya no le importará tanto ir de un lado a otro con las maletas encima, sino dar cuántos más pedales mejor. Podría ser  un candidato a ciclomaratoniano, y acabar soñando con la Paris-Brest-París. Es una forma de evolución que no tiene por qué resultar negativa. La persona que se encontraba sola ha sido capaz de adaptarse a otra forma de practicar bici con tal de seguir compartiendo su afición, y ha encontrado nuevos alicientes. No es que haya perdido su personalidad por dejar de ser un ciclista de alforjas, sencillamente, ha visto otras cosas que le han gustado, que le satisfacen, y las ha tomado. No ha perdido del todo sus valores, puesto que sigue montando en bici. Otra cosa sería que ahora se dedicara a menospreciar a los ciclistas de alforjas, creyéndose que su nuevo estatus es mejor, ése es el peligro: no el perder alguno de tus antiguos valores, sino dejar de respetar los de los demás.

Salirse de la norma

Otro posible factor negativo de los grupos es la discriminación que puede llegar a sufrir un miembro cuando decide no seguir alguna de las normas impuestas por su grupo. Pongamos el caso de un club que llega muchos años acudiendo a la marcha x, la marcha z y la marcha j, dando puntos para la clasificación dentro del propio club por acudir a las mismas pero no sólo eso, sino que hay una especie de norma no escrita bajo la cual quien no va a ninguna de esas marchas se considera un “bicho raro”. Encima el bicho raro hace la marcha p, la marcha r y cinco más y protesta porque no le parece justo que siendo marchas más duras no se le tengan en cuenta para la clasificación. ¿Qué ocurre?

Hay quien dice que las normas están para romperlas, y tiene parte de razón. Si no se hubieran roto muchas normas muchos de nosotros seguiríamos siendo esclavos y poniendo piedras para construir una pirámide. Pero ¿quién rompe las normas? No todo el mundo puede. La persona no conformista puede conseguir cambiar al grupo entero, o bien acabar excluido del mismo. En un club, si el que rompe dicha norma es una persona bien valorada, un líder, bien porque es muy buen ciclista, bien porque es muy buen compañero, es posible que el resto de los miembros le respeten y decidan cambiar dicha norma. Si, en cambio, es el díscolo del grupo, que no goza del mismo estatus, en principio no será tenido en cuenta. Es más, puede que reciba muchísimas críticas acerca de cómo se le ocurre cambiar las costumbres del club, que eres el último en llegar, qué te has creído, qué sabrás tú que llevabas ruedines cuando yo corría en amateurs…  

Imaginemos que este ciclista que va “por libre” es el que dice que es mejor ir a la marcha p y la marcha r porque pillan más cerca, cobran menos por la inscripción, dan más regalos y el recorrido es más bonito. Es posible que las marchas a las que suela ir el club no tengan estas ventajas, y si esta persona consigue ir convenciendo a algunos miembros del club para que prueben las otras marchas, y vuelven encantados, éstos a su vez convencerán a otros del club y al final se producirá el cambio. Claro que lo más seguro es que los de la “vieja guardia” seguirán empeñados en ir a las marchas de siempre, y el club acabe escindiéndose y surgiendo rencillas entre unos y otros. Éste es otro peligro: mejor vive y deja vivir. Hay normas que no es necesario mantener contra viento y marea, sobre todo si son excesivamente rígidas. Y si tú quieres mantenerlas, bien, pero si otros no quieren, respétalos.

La persona es lo primero

Por último, quisiera comentar que he visto casos en los que una persona está tan absorbida por el grupo que deja de ser uno mismo. La desindividuación es tal que el individuo deja de ser eso, individuo, y pasa a ser un peón más dentro de un grupo donde el pensamiento es único. Es el caso de las sectas, que pueden llevar a una persona a la ruina tanto económica como psicológica, convirtiéndoles en meros instrumentos de un líder (todas las sectas lo tienen) que muestra una imagen de salvador cuando al único que se salva es a sí mismo, alimentando su vanidad y su cuenta corriente con las mentes y los euros de personas que están pasando por un mal momento y creen ver en él la solución a sus problemas. Son muy sutiles, primero te captan dándote lo que en ese momento estás buscando y luego te pasan la factura haciéndote sentir culpable si no te entregas a la causa. Cuidado con los vendedores de humo: no olvidemos que, ante todo, somos personas, tenemos una identidad, una conciencia de quién somos, que no tiene por qué estar reñida con la conciencia de grupo. No es ser egoístas, es simplemente no dejar de contar con aquella persona que nunca nos fallará: nosotros mismos.  

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