Hay ocasiones en que, a pesar de estar realizando un esfuerzo tremendo, con los músculos a punto de romperse, la respiración agitada y el corazón a toda pastilla, el dolor deja de sentirse, el miedo a sufrir o a equivocarse se esfuma y es como si entráramos en otra dimensión. La bici entonces parece una prolongación de tu cuerpo, como si los pedales se fundieran a la planta de los pies, el trasero encajara perfectamente en el sillín y las manos encontraran la posición ideal sobre el manillar. El puerto que parecía eterno va ascendiéndose como si no hubiera pendiente, las curvas van pasando y a medida que la cima se acerca el pedaleo se hace más redondo, más eficaz, aprovechando al máximo la fuerza de tus piernas. Estás disfrutando como un niño en un tiovivo, te sientes bien, acoplado, con las pilas cargadas funcionando a pleno rendimiento, todo parece fácil, natural, estás en tu mejor momento y nada puede vencerte. Esa sensación tan especial es lo que se conoce como flow (fluencia).
No todo el mundo ha sido capaz de experimentar este estado ideal, algunos de los que lo han conseguido lo llaman “entrar en la zona”. Este “estado de gracia” no sólo se da en el deporte, también en otras actividades, pero en el deporte en particular se dan muchas oportunidades para que ocurra la fluencia. Csikszentmihalyi ha estudiado este fenómeno en deportistas y para ello ha entrevistado a unos cuantos que han dado su propia definición. Entre ellas está la de un ciclista: “Sentía mi cuerpo genial. Sentía que nada podía salir mal y nada podía detenerme o interponerse en mi camino. Y estaba preparado para enfrentarme a lo que fuera, y no temía nada que me pudiera ocurrir, era sencillamente estimulante. Después de esta experiencia, no podía volver a un estado normal. Me sentía como si quisiera seguir pedaleando y subir esa colina de nuevo”.
Cuando entra en este “trance”, la persona llega a experimentar una pérdida de conciencia del propio ser, se vuelve inmune a los pensamientos negativos, siente que todo va a salir perfecto y no tiene ningún motivo de preocupación, es una liberación. Enlazas con la actividad que estás realizando y todo lo demás deja de importar, nada más estás centrado en lo que necesitas hacer para conseguir tu objetivo. Se suele perder asimismo la noción del tiempo: es como si éste se acoplara a lo que necesitas, es tal tu concentración que no necesitas mirar el reloj, el ritmo que llevas es el ideal para conseguir tu objetivo y esos minutos u horas los estás realmente disfrutando, no estás deseando que acabe ni tampoco que dure eternamente. Estás plenamente identificado con el presente.
¿Cómo conseguir la fluencia?
Es posible que algunos de vosotros sepáis de qué estoy hablando, porque lo hayáis vivido, otros, en cambio, estáis pensando qué buena pinta tiene eso y qué hay que hacer para conseguirlo. Bien, no hay una fórmula mágica para entrar en la fluencia, hay quien lo consigue y quien no, pero si hay unas cuantas claves que pueden ayudar a experimentar esa sensación tan placentera, que algunos dicen es como tomar todas las drogas juntas, y sin que te hagan daño.
Entre las claves está el equilibrio entre el desafío y las habilidades, o más bien capacidades, añado yo, para los deportes en que pesa más la fuerza o la resistencia que la habilidad o la técnica. Ese equilibrio se consigue planteándose retos que no sean ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles. ¿Por qué? Porque cuando el reto es demasiado sencillo, no resulta tan meritorio y si lo repites muchas veces puede llegar a aburrirte. Y si es demasiado difícil, la sombra del fracaso planeará sobre nuestras cabezas e influirá en nuestra motivación, desviando nuestra atención del objetivo final y dificultando el lograrlo.
El desafío está muy presente en el ciclismo, tanto si compites como si no. El competidor, si no es un trabajador de equipo, se planteará nuevas carreras que ganar. Y respecto a los cicloturistas, muchos entrenan para progresar, rebajando su tiempo en las marchas o planteándose retos como ciclomaratones cada vez más largos. No todo el mundo lo hace, hay personas que se sienten motivadas tan sólo con dar pedales, pero el hecho de superarse a uno mismo es lo que más “engancha” a los deportistas al deporte. Según Csikszentmihalyi (2002) “es la alegría que conseguimos a base de forzar las potencialidades físicas y psíquicas en nuevas direcciones lo que motiva la creatividad humana y lo que lleva a los hallazgos que nos hacen diferentes a cualquier otra forma de vida” (nos diferencian de los animales no racionales). Aquí añadiría yo que no sólo en nuevas direcciones, sino también en la misma (más alto, más fuerte, más rápido). Y aclaro que no siempre implica superarse a nivel global, de todo lo que hemos conseguido en la vida. Se puede experimentar también la fluencia después de una mala racha física, cuando empiezas a recuperar tu nivel anterior.
Elegir un desafío adecuado
Lo sencillo para establecer un desafío razonable podría ser elegir, por ejemplo, un puerto de más dificultad que los que llevamos subidos pero que tampoco sea una pared tipo Angliru. No obstante, no es necesario cambiar de escenario: también podemos elegir un puerto que ya conocemos y subirlo a un ritmo más vivo, más redondo, o con diferente desarrollo. Puede que ahí encontremos el punto que necesitamos para sentirnos acoplados a la bici, conocemos el puerto, sabemos dónde hay que apretar y donde descansar, y el desarrollo que se necesita según la pendiente, lo que incrementa la sensación de control, otra de las claves que favorecen la fluencia. Asimismo, ese pedaleo fácil y redondo hace que nuestra concentración aumente: no tenemos que estar pendientes de si hemos elegido bien el piñón, y nuestra atención se centra en conseguir sacar el máximo rendimiento de nuestras piernas.
Resumiendo, elegir un objetivo un poco por encima de nuestras posibilidades, entrenar para conseguirlo y procurar centrarnos en lo que estamos haciendo evitando distracciones, son puntos clave para entrar en ese “lugar especial”. De cualquier forma, tened en cuenta que no es nada fácil de conseguir y que no se trata de esforzarse hasta la extenuación, es algo, como el propio nombre de fluencia indica, mucho más fluido. En próximos artículos entraré más en detalle a ver si os sirve de ayuda para volver a experimentarlo o para vivirlo por primera vez.
CONSEJOS PARA ENTRAR EN “LA ZONA”
Tal y como os prometí, voy a entrar un poco más en detalle sobre cómo se pueden mejorar las condiciones para entrar en el estado de fluencia. Los tres puntos clave que marqué son: elegir un objetivo adecuado, entrenar para conseguirlo y centrarnos en lo que estamos haciendo. Vamos a ver estas tres premisas.
Cómo elegir el objetivo adecuado
Anteriormente dije que lo mejor era elegir un objetivo que suponga un desafío moderado, es decir, no muy difícil pero tampoco fácil. Bien, pues además conviene tener en cuenta que dicho objetivo sea acorde también con nuestra personalidad. Hay ocasiones en que de tanto escuchar a algún o algunos compañeros del club, por ejemplo, lo bien que se han encontrado en la QH o en la París-Brest-París, pensamos que quizá ahí es donde podemos encontrar la fluencia. Pero no tiene por qué ser así. Que ellos lo hayan conseguido en esas circunstancias no quiere decir que lo hagamos nosotros. Cada persona tiene que elegir su propio objetivo en función de en qué ámbito se encuentra mejor. Por ejemplo, si eres de los que le suele gustar ir tranquilo y hacer muchos kilómetros, en la “locura” de la QH es complicado que encuentres la fluencia, al igual que alguien que se propone bajar tiempo en la QH cada año se aburrirá haciendo kilómetros y más kilómetros a ritmo lento. La zona es un lugar donde nos encontramos bien porque estamos haciendo lo que nos gusta, y donde tenemos sensación de control. Si no estás acostumbrado a las marchas multitudinarias, en la QH, con tanta gente pasándote muy cerca y muy deprisa, vas a sentirte inseguro, y si lo que te motiva es aumentar tu media de velocidad, a un ritmo tranquilo acabarás aburrido y tu atención y concentración disminuirán sensiblemente.
Por otro lado, el reto no tiene por qué ser algo que implique un mayor esfuerzo físico, también puede referirse a una habilidad técnica. Por ejemplo, aprender a descender mejor, acostumbrar a nuestras piernas a un desarrollo más alegre en las subidas o a ponerse de pie sobre la bici con el estilo de un profesional. Puede que no hayas experimentado la fluencia porque no has aprendido a aprovechar bien tus facultades físicas por falta de técnica, y, al conseguir un mejor aprovechamiento de tu fuerza te sientas mucho mejor sobre la bici y llegue esa sensación de que “todo va rodado”. El testimonio de otro ciclista recogido por Csikszentmihalyi (2002) era el siguiente: “No parece que estés montando una bicicleta. Te sientes completamente como si todo fuese una pieza de maquinaria trabajando conjuntamente… como si fueses una parte de esa máquina con la que naciste, y así es como te desplazas”. También el desarrollo de habilidades básicas como aprender a soltarse de manos o a coger una moneda del suelo sin bajarse de la bici como hacen en las escuelas, contribuye a tener mayor control sobre la bicicleta, y favorece llegar a ese estado de “fusión” con la misma.
La motivación para entrenar
Especialmente en estos días de invierno, con el frío, con la lluvia, el viento, hay veces que cuesta levantarse de la cama y empezar el ritual de vestirse de ciclista, con la cantidad de accesorios que hacen falta para plantarle cara al mal tiempo: chaqueta, chubasquero, dos pares de guantes, algo para proteger la cara, etc. Todo blindado sales por la puerta de tu casa, te tropiezas con un vecino que te mira con compasión pensando que te falta un tornillo, y un rato después, cuando llegas al punto de encuentro con tus compañeros del club, te encuentras la decepción de que sólo salen cuatro gatos, y no están aquéllos con los que vas siempre de charleta. Y a mí quién me manda escapar del cálido abrazo del edredón nórdico…
¿Y quién te manda? Pues esas ganas que tienes de superación, y desde que sabes que existe eso de la fluencia o que entrenando estás en el camino de volver a experimentarlo ya tienes otro argumento para pasarlo un poquito mal. Tener tu objetivo muy claro va a influir en la motivación. Si sabes para qué estás sufriendo tendrás más capacidad de sufrimiento. Un objetivo claro es aquel que te planteas en los términos de “voy a conseguir esto que me he propuesto”. Un objetivo ambiguo, por el contrario, es aquél en el que piensas en términos de: “a ver si este año que viene consigo este objetivo”. Es como ese propósito que se hacen cada año los fumadores que no son capaces de desengancharse: a partir del 1 de Enero dejo de fumar. Si realmente quieres dejar de fumar ¿por qué no lo haces ya? Lo mismo con el objetivo: si lo quieres conseguir ¿por qué estás pensando en ir a por ello al próximo año? ¿Por qué no empiezas ya a trabajar en pos de esa meta?
Es más fácil conseguir lo que te propones si empiezas poco a poco, creando un hábito, que si dices que empiezas a partir de tal día y a tope como si quisieras recuperar el tiempo perdido. Cuanto antes empieces, mejor, y ve observando tus progresos. Eso te servirá para motivarte e ir acercándote a la fluencia con pasos firmes. Si te cuesta levantarte para salir a entrenar, recuerda lo bien que te sentiste la vez anterior, cuando venciste tu pereza y tuviste fuerza de voluntad. Si en esa pasada ocasión, no mejoraste físicamente porque no era tu día, recuerda que por el hecho de haber salido a entrenar, mejoraste en otro aspecto: el psicológico. Y ya sabes que la fuerza mental empuja mucho…
La concentración
Cuando estamos sufriendo sobre la bici, pensamientos del tipo “no lo voy a conseguir”, “no soporto este dolor de piernas”, “esto no acaba nunca” inciden negativamente en nuestra concentración. En varias ocasiones expliqué que estos pensamientos aumentan la ansiedad, con lo cual se agarrotan los músculos y duelen más, y también el cerebro, al estar preocupado, se come la energía que ha de ir a las piernas. Bien, si esos pensamientos vienen a la cabeza, conviene “echarlos fuera” sustituyéndolos por otros. Cuando no se trata de buscar la fluencia, sino simplemente superar ese mal rato, se pueden utilizar pensamientos distractores como pensar en tus planes para la semana siguiente, recordar una película, etc. pero si queremos entrar en la zona, lo mejor es centrarnos en todo lo que tenga que ver con lo que estamos haciendo, pero en positivo, no pensar en nuestro sufrimiento, sino en qué podemos hacer para aliviarlo. Por ejemplo, fijarnos en cómo estamos dando pedales, para conseguir un pedaleo más “redondo”; en nuestra posición, por si estamos forzando los hombros o la espalda; en la carretera, para procurar evitar baches que nos rompan el ritmo; o en intentar seguir la cadencia de algún compañero que va más fluido que nosotros, etc. Seguro que hay detalles a tu alrededor, relacionados con el esfuerzo que estás realizando, que no habías captado hasta ese momento y que te pueden servir para mejorar tu rendimiento. Abre bien los ojos y todos tus sentidos y verás como algo nuevo aprendes.

